La noche impone su oscura presencia. Bajo las estrellas, las olas rugen como un león embravecido sediento de una presa que satisfaga su hambre. Encima de la bestia navega la víctima. Una suerte de embarcación soporta casi de milagro la violencia del mar, cobijando en su interior un grupo de personas de oscura piel como la madrugada que envuelve la travesía. Hombres y mujeres, llantos que se confunden con la corriente el agua, niños que juegan al valiente aventurero, aunque se trata de una realidad amarga más que una ficción infantil. De repente, la embarcación divisa unos puntos luminosos que anuncian su llegada a tierra firme. Cunde la alegría. Piensan que podrán dejar a un lado el trauma de la guerra y forjar un destino libre y feliz. Su nueva morada es España y tras ser rescatados, se introducen en un dédalo de grandes edificios, carreteras asfaltadas, restaurantes rebosantes de clientes: la moderna urbe se abre a sus ojos. Algunos lloran por alegría ante la vida que les espera, otros por el recuerdo de la tierra que han dejado atrás y una pequeña criatura para reclamar un poco de comida.
Sin embargo, nadie los quiere. Su origen será imán de malas miradas, prejuicios sin fundamento y argumentos radicales que los trata como invasores de un país libre. Nadie se pone en su lugar. Simplemente sobran.
¿Y si escaparan de otra guerra y sus cabellos fueran rubios? Todo sería distinto. La reciente invasión ucraniana ha desencadenado una dramática urgencia humanitaria. El sádico juego del poder ha provocado que miles de ucranianos dejen su destruida patria para, al menos, conservar sus vidas. Las puertas de Europa se han abierto de par en par para acoger a cuántas personas sean posibles, algo necesario y positivo. En España incluso, el rancio discurso antimigratorio (todo un clásico en la sobremesa de Nochebuena) ha sido sustituido por una acérrima defensa de la recepción de refugiados de guerra.
Celebro que nuestra sociedad haya comprendido al fin la importancia de la ayuda humanitaria a refugiados, pero me temo que se encuentra sumida en una hipocresía de tremendas proporciones. Mientras el Gobierno ha realizado un esfuerzo por ofrecer la mayor cantidad posible de alojamientos a ucranianos, algunos siguen manteniendo que no hay cabida en nuestro país para aquellos que saltan la valla o surcan los mares en patera. Claro, unos son refugiados y otros son inmigrantes y lógicamente no tiene la misma dignidad el niño rubio que llega en brazos de una madre traumada por el horror de una guerra que uno de facciones morenas refugiado en unos delgados brazos de una madre hambrienta.
Ojalá este conflicto nos enseñe el valor sagrado de cualquier ser humano. Todas las vidas importan, eso no se debe olvidar.
Ismael Salas Luque. 1ºBach A. 13/03/2022
