Iván Bezares Pino.

1- EL TRANSHUMANISMO Y SU INFINITO POTENCIAL.

¿Qué entendemos por transhumanismo? El transhumanismo se puede definir como una corriente de pensamiento que confía en la capacidad de mejorar la naturaleza humana mediante la superación de los límites biológicos gracias a los avances tecnológicos.

Las posibilidades que esta corriente presenta son inimaginables, y la calidad de vida podría incrementar hasta límites nunca antes vistos. El humanismo propone la formación personal de los individuos con tal de llegar a mejorar nuestra naturaleza y por tanto nuestra sociedad. Por su parte, el transhumanismo se podría considerar una extensión de esta corriente dado que, al derrotar nuestros límites biológicos, el conocimiento podrá crecer a un ritmo vertiginoso y las mentes privilegiadas no volverán a estar restringidas por sus propios organismos. Pongamos el ejemplo del difunto Stephen Hawking, un genio a pesar de sus genes; si tan solo siguiera vivo, quién sabría cómo de lejos llegaríamos. Pero no solo los genios serán salvados, sino también la gente de a pie, que al fin y al cabo componen los pilares de nuestra sociedad. Más allá, hablando exclusivamente de forma estadística, cuanto más viva un individuo, mayor es la probabilidad de que despierte su potencial oculto y se convierta en un hombre cuyo nombre quede grabado en los libros de historia.

La cura de todas las enfermedades, la mejora de nuestras capacidades físicas, la extensión de la juventud y la frontera final, la derrota definitiva de la muerte, aciago enemigo del propio concepto de vida. Una sociedad de superhombres sería el campo de cultivo ideal para el desarrollo de una sociedad que va más allá de la tradición, un renacimiento de las artes y las ciencias, el origen de una nueva etapa en la historia de la humanidad. O eso al menos es lo que aparenta, porque como cualquier moneda, el transhumanismo tiene otra cara.

2-LOS PROBLEMAS DEL MUNDO TRANSHUMANISTA.

Quizás recibir con los brazos abiertos un mundo en el que nuestras capacidades superen sus límites naturales sin siquiera un ápice de esfuerzo no sea la mejor opción. En primer lugar, es posible que el determinante posesivo “nuestras” en “nuestras capacidades” sea más bien exclusivo en lugar de inclusivo. La tecnología punta no es barata, el presupuesto de desarrollo e investigación que se ha invertido en ella es mayor de lo que ninguno de nosotros podría esperar, y las empresas, ya sean estatales o privadas, deben recuperar esta inversión. El pico de la sociedad se puede permitir los gastos sin problemas mientras que el resto espera anticipando una bajada de precios.

Sin embargo, ¿qué pasaría si no bajasen los precios?, o, más bien, ¿por qué iban a bajar los precios? En una sociedad donde la inmortalidad (parcial o completa) se pudiese obtener por un módico precio, los ricos y poderosos tendrían la capacidad de acaparar este privilegio; a pesar de que la longitud de la vida de una persona no debería estar determinada por su condición social. Aparentemente hemos dejado atrás la época en la que los gobernantes trataban de eliminar a sus oponentes con métodos, cuanto menos, bárbaros; pero una sociedad transhumanista podría dar el comienzo a una nueva etapa en la que oposición se enfrente a la insuperable misión de acabar con un enemigo al que el paso del tiempo no le pasa factura. En este sentido, el transhumanismo no es dispar de una hoguera a la que se le echa gasolina; el fuego ciertamente va a durar más tiempo y va a brillar con mayor intensidad, pero corres el riesgo de quemarte en el proceso.

En una sociedad transhumanista la desigualdad aumentaría y las clases sociales se alejarían más de lo que ya están a día de hoy. Pero hay otra consecuencia del transhumanismo que conduce a la separación de las personas y comunidades: su efecto en los deportes. El deporte es una actividad humana universal que se ha desarrollado en la mayoría de sociedades, cuya función a día de hoy es la de entretenimiento y ocio. Los orígenes del deporte son inciertos, aunque se ha llegado a la conclusión de que estos proceden de la realización de tareas cotidianas necesarias para la supervivencia en épocas pasadas, en las cuales ciertos individuos destacaban y por ello buscaban alguna forma de reconocimiento.

Por tanto, podemos concluir que la actividad deportiva se trata de un intercambio sociocultural de capacidades físicas por admiración. Volviendo a la época actual, esta admiración es la que provoca la formación de comunidades en torno a un equipo deportivo o incluso un jugador singular. Sin embargo, en un mundo en el que el esfuerzo físico ha sido despejado de la ecuación, ¿no cabría la posibilidad de que la admiración se desvanezca como resultado? Al fin y al cabo, cualquiera con suficiente poder adquisitivo podría recibir las capacidades de un deportista de élite si así lo desease. El deporte, a lo largo de la historia, ha sido capaz de detener (de forma momentánea) enfrentamientos entre naciones. Es sin lugar a dudas uno de los rasgos que nos humanizan, y los avances tecnológicos y las mejoras fisiológicas propuestas por el transhumanismo lo ponen en peligro de extinción.

Finalmente, tenemos que plantearnos el papel que juega la muerte en nuestras vidas. La percepción de la muerte no solo ha ido cambiando a lo largo de la historia, sino que también varía en los distintos periodos de la vida de un individuo. No obstante, la muerte tiene una propiedad sobre la cual considero que podemos estar todos de acuerdo: nos impulsa hacia delante. La brevedad de la vida humana es uno de los principales motivantes que tenemos. La expresión “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” encuentra sus orígenes en la siguiente verdad universal: todos vamos a morir. Es por ello que a lo mejor la inmortalidad no impulsaría el desarrollo de la cultura, sino que lo retrasaría debido a una procrastinación a escala global. Nunca lo podremos saber con certeza, pero es una apuesta segura decir que muchos de los personajes históricos han logrado ese estatus debido a que no desperdiciaron su tiempo en este planeta. Incluso el previamente mencionado Stephen Hawking afirmó que desde que fue consciente de su rápido deterioro trató cada nuevo día como un regalo, permitiéndole alcanzar su esplendor académico. A pesar de que la muerte, por definición, se opone a la vida, los humanos parecen necesitar esa adversidad insuperable para alcanzar una existencia próspera.

3-LA CONDICIÓN HUMANA Y LOS LÍMITES DE NUESTRA HUMANIDAD.

Bajo el prospecto que he estado describiendo, no es necesario poseer una creatividad extraordinaria para imaginarse un futuro distópico en el que el ser humano ha rechazado su naturaleza y ha aceptado, ignorantemente, a las nuevas tecnologías como si de una deidad se tratasen. Un futuro en el que nosotros somos los instrumentos y las tecnologías son los fines. El final de la humanidad, la cual llegados a este punto deberíamos nombrar de nuevo porque de humano tiene más bien poco.

No obstante, sería falaz seguir esta pendiente resbaladiza sin antes cuestionarse acerca del objeto céntrico en esta conversación, el aspecto que diferencia y define al ser humano: la condición humana. ¿Cuál es la condición humana? Ya desde la época de los griegos venimos preguntándonos esta cuestión y, como era de esperar, solo hemos obtenido respuestas cada vez más dispares conforme avanza la historia. Es por ello que en este escrito no pretendo dar una solución definitiva a esta problemática filosófica, mas considero que el análisis de distintos hitos a lo largo de la historia de la humanidad nos permitiría apreciar con mayor claridad las tendencias humanas y cómo estas se relacionan con el transhumanismo.

Es posible que el mejor amigo del hombre nos ayude a iluminar la situación en la que nos encontramos. Los perros actuales son el resultado de la domesticación de lobos salvajes durante la Prehistoria. Si bien es verdad que no se conoce la fecha, el lugar o el proceso de domesticación con exactitud, de hecho, se trata de un tema que suele crear controversia en la comunidad científica, podemos afirmar con cierta seguridad que los canes nos llevan acompañando al menos 20.000 años, convirtiéndolos en los primeros animales domesticados por la especie de humana. La ayuda de estas, por aquel entonces, feroces bestias mejoró indudablemente la calidad de vida de nuestros antepasados ya que sirvieron como herramienta indispensable a la hora de cazar y proteger los asentamientos frente otros depredadores. Puede que aquellos humanos prehistóricos no fueran conscientes de su hazaña, pero de forma intencionada o no, habían conseguido doblegar una parte de la naturaleza; y como resultado habían ampliado sus márgenes de libertad y transformado su naturaleza. Desde nuestros orígenes hemos buscado dominar los fenómenos a nuestros alrededores, y aunque a día de hoy nuestras herramientas se hayan vuelto más refinadas y nuestro modus operandi haya cambiado, nuestros deseos e intenciones siguen siendo los mismos. La domesticación, aún siendo una de las bases que permitió el desarrollo de la sociedad, nos muestra la rebeldía de la especie humana frente al orden natural.

Mas habrá quien argumente que este dominio parcial sobre la fauna, y también sobre la flora, no sea un factor deshumanizante, puesto que se trata de ampliación de nuestros límites y no de una transformación de nuestra esencia. La domesticación es a la humanidad lo que una prótesis es a un individuo, una ayuda externa que nos facilita enfrentarnos a las adversidades propuestas por la propia vida. Por lo tanto, para considerar que el transhumanismo sería el fin de la especie humana tal y como la conocemos, debemos concluir que la condición humana está definida por un elemento interno, una capacidad, forma de expresión o estado anímico que sea independiente del mundo más allá de la propia mente humana.

Aristóteles apostaba por la capacidad de razonar como elemento que distinguía al ser humano del resto de animales, y si bien no estoy aquí para desmentir, sí que es importante tener en cuenta que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Es por ello que me gustaría mencionar otra característica más relevante dentro de este debate. ¿Qué tienen en común la, previamente mencionada, domesticación de la fauna y flora, la construcción de las pirámides de Giza y el aterrizaje en la Luna? La ambición. Todos los eventos anteriores tenían motivos diferentes y teleológicamente eran tan dispares como la noche y el día; pero, sin importar si la intención era mejorar las condiciones de vida, venerar a gobernantes caídos o demostrar el poderío de una nación durante un enfrentamiento político, todos estaban movidos por una ambición inconmensurable. El ser humano, a efectos prácticos, no es más que un simio audaz, y es precisamente esa audacia la que ha llevado a la proliferación actual de la especie. No somos la especie dominante de este planeta porque nuestros antepasados se conformasen con su pequeño asentamiento, sino porque fueron capaces de comprender que lo que tenían podía ser incluso mejor, porque nos rebelamos contra lo natural con tal de superar nuestros propios límites.

No pretendo negar que esta mentalidad ha llevado a incontables derramamientos de sangre innecesarios a lo largo de la historia y que, tal y como afirmaban pensadores de la Escuela de Fráncfort, corremos el riesgo de ser prisioneros de la razón instrumental, y consecuentemente perder la brújula moral que debe guiar a nuestros fines. No obstante, afirmar que este espíritu ambicioso y audaz no se encuentra dentro de nuestra naturaleza sería prescindir de los datos históricos con los que contamos y podría llegar a calificarse como dogmático. La técnica y la tecnología, indudablemente, forman parte del desarrollo humano, y, por tanto, de nuestra condición; y los problemas previamente destacados sobre todo encuentran sus orígenes en un fallo en el proceso de democratización y regulación de estos avances, no en los avances como tal. Por ello es conveniente que nos ilustremos sobre estas cuestiones tecno-científicas que a todos nos conciernen. Así, las metas del transhumanismo no nos deshumanizarían, sino que irían más allá del humanismo tradicional, en concordancia con la condición humana, hasta alcanzar una nueva humanidad que no habría perdido su identidad por el camino.

BIBLIOGRAFÍA Y FILMOGRAFÍA
➢ Diéguez Lucena, Antonio: Cuerpos inadecuados: El desafío transhumanista a la
filosofía, Herder Editorial, Barcelona, 2021.
➢ Diéguez Lucena, Antonio: Transhumanismo: La búsqueda tecnológica del
mejoramiento humano, Herder, Barcelona, 2017.

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