Esta semana se ha llevado a cabo la elección de los relatos finalistas del concurso de relatos de terror del IES Capellanía. Os deseo una escalofriante lectura de estas fantásticas historias:

Natalia Romero (4ºD)

Viernes, 27 de noviembre de 1987.
22:05 pm.
Alahurín de la Torre, Málaga

Dani nos hizo una señal, dándonos a entender que no había moros en la costa y Ángel, Martín y yo nos escabullimos dentro procurando no ser vistos.

Entre risas, nos unimos a Dani, que y avanzaba hacia la puerta del cementerio que, efectivamente, estaba cerrada a cal y canto.

Las farolas y el alborto del pueblo habían quedado ya atrás, y ahora que nos encontrábamos en plena oscuridad a punto de colarnos en el cementerio, como solíamos hacer cada fin de semana. La dinámica era la misma de siempre: el que más tiempo aguantara con el brazo entre las rejas ganaba. 1000 pesetas en juego.

Martín fue el primero. Los demás nos alejamos, parándonos en la entrada. Martín pasó el brazo por entre los barrotes, dejando la mano y gran parte del brazo dentro del cementerio, y los demás empezamos a contar. 1, 2, 3, 4, 5…

Ni siquiera había llegado a los 30 segundos cuando sacó el brazo. Martín siempre había sido el más cobarde de todos, así que el récord era fácil de batir.

El siguiente fue Dani. Repetimos el mismo proceso, y esta vez contamos 2 minutos y 57 segundos.

Después fue Ángel, que aguantó 1 minuto y 32 segundos, y finalmente yo, con 2 minutos y 3 segundos. Dani ganó el juego de nuevo.

Resignados, le dimos el dinero y nos preparamos para la segunda parte y la más difícil y terrorífica de todas.

Nos subimos a las rejas y de un salto nos colamos dentro. Caminamos hasta el que iba a ser el punto de partida y planeamos la dinámica: el que más aguantara dando vueltas solo por el cementerio, ganaba.

Pero de nuevo se manifestó la misma cuestión de siempre: quién iba a ir primero. Mientras discutíamos, escuchamos unos pasos extraños. En seguida todos nos callamos de golpe, sin atrevernos a mover un solo dedo. ¿Quién podría estar a esas horas en un sitio como ese?

Los pasos se oían cada vez más cercanos , cuando nos dimos la vuelta, vimos un hombre alto y delgado acercándose a nosotros. El hombre iba muy bien vestido, con un traje y sombrero negros, y aparentaba tener unos 70 años aproximadamente.

El hombre clavó sus ojos hundidos y arrugados en nosotros con una expresión seria e incluso molesta.

Nos quedamos quietos como estatuas cuando el hombre se paró frente a nusotros y dijo con voz trémula y áspera:

– «Este no es lugar para tonterías, no deberíais estar aquí, niños».

La firmeza y extrañeza de su voz hizo que un escalofrío recorriera mi espalda. No nos lo pensamos dos veces y los cuatro salimos corriendo de allí, con el corazón en la garganta.

Aquella noche no pude pegar ojo. La imagen del hombre del cementerio perseguía mi mente, y sentía que aquel anciano no estaba allí por casualidad. Sin embargo al día siguiente mis amigos insistían en no darle mucha más importancia, alegando que quizá solo fuese un pobre ancianito que pasaba por allí. A pesar de todo, yo sentía que en todo aquello había algo raro.

Pero al final, decidí no darle más vueltas y creer a mis amigos porque, al fin y al cabo, ¿Quién cree en estos tiempos en fantasmas e historias de terror?


Lunes, 18 de enero de 1988
10:43 am
Alhaurín de la Torre, Málaga

El profesor llamó mi atención, enfadado, al ver la bolita de papel que había cruzado el aula hasta impactar en Ángel, en el otro extremo de esta.

Me quise regañar a mí mismo por mi inconsciencia y mi falta de respeto en clase, pero de verdad que las clases de historia eran las más aburridas de todas, y ya casi no podía permanecer con los ojos abiertos.

El profesor continuó su explicación, al mismo tiempo en el que sacaba una carpeta repleta de fotos antiguas de nuestro pueblo. Nos pidió que nos acercásemos a su mesa, y en seguida todos obedecimos. Comenzó a comentar algunas de las fotos, dando fechas aproximadas de cada una de ellas.

Pero de pronto, mi mirada se posó en una que me llamó particularmente la atención. Al darme cuenta, un escalofrío sacudió mi cuerpo. Busqué a Ángel con la mirada, y lo vi mirando lo mismo que yo. Él también lo había visto.

Los dos nos miramos con cara de horror al encontrar, entre los cientos de fotografías, una de 1943 del mismo hombre que vimos en el cementerio, casi dos meses atrás.

En Alhaurín de la Torre, a 18 de enero de 1988.

Laura Mérida (3º D)

Carta para mamá:
Día 31 de octubre 17:38
Hoy en clase han dicho que esta noche nos quedaríamos a dormir en el instituto por
Halloween y tengo que preparar las cosas.
19:59
Ya estamos en el instituto,está yendo todo bien.Hay algunos maestros preocupados
al no saber las cosas que nos esperan esta noche,ya que anteriormente,en las
cámaras,se vieron cosas que ni ellos pueden explicar.Nos dijeron que siempre
pasaban alrededor de las 01:00 de la madrugada.Creo que es para asustarnos.
Nos han dicho que nos pongamos con nuestros amigos y cenemos.
00:00
Son las 12 de la noche y todo se está volviendo muy raro y el ambiente más frío.
Estuvimos viendo películas y nos tuvimos que ir a dormir.Los profesores están
asustados porque algunos niños los perdieron de vista.
00:45
Nos hemos levantado todos al escuchar un ruido muy fuerte y raro salir de una de
las clase.Un profesor fue a mirar y volvió pálido,solo nos dijo que no entraramos a
esa clase.
01:00
Acabamos de escuchar de nuevo el sonido y un profesor dijo que todo está bien y
que no tuviéramos miedo.
han salido los chicos a los que perdimos de vista diciendo ¿Alguien habló de miedo?
Hemos empezado a correr y a escuchar más ruidos raros y disparos,pero esta
vez…Detrás de nosotros.

01:20
Seguimos corriendo he intentado esconderme de esas cosas.Hay mucha gente
muerta en el suelo y no solo por disparos.En una de las clases llegue a ver a uno de
esos bichos,lo único que te puedo decir es,que no era humano.

01:30
Volvi a ver al bicho ese,casi me coge.Vi a mi mejor amigo en el suelo con ese
bicho,creo que se lo estaba comiendo.Pude ver a un profesor y estaba vivo,ahora
estoy con él,no hay de qué preocuparse.
01:40
Si miras bien en ningún momento dije quién está escribiendo la carta,ni mucho
menos si yo…estoy vivo….

Laura Amaya (1º de Bachillerato A)

Todo empezó aquel 20 octubre , estábamos organizando la fiesta de halloween mis amigas y yo, indecisas de si ir de brujas o de monjas, planificando la comida que habría en el catering, de la hora, de la decoración de la casa, teníamos tanta ilusión sobre aquella fiesta que queríamos que saliese perfecta. Nos encargamos de hacer las invitaciones, he de decir que quedaron de miedo, y yo deseando que viniera aquel chico, tan guapo, que hice todo lo posible para que el hecho de venir a mi
fiesta le pareciera atractivo. Me despedí de las chicas y mientras esperaba a que se montasen en sus coches observé que había un auto negro enfrente, casi escondido por unos arbustos, pero para mí no pasó desapercibido. Concentré la vista y vi que dentro había un hombre vestido de negro , apenas se le veía la cara, totalmente inmóvil mirando hacía mi casa. Me recorrió un escalofrío así que me apresuré a entrar.

Me acomodé en mi cama y me dispuse a leer como de costumbre, estaba tan ensimismada en la historia que no escuchaba los ruidos que había en el exterior. De repente escuché un cristal romperse, tenía miedo porque estaba sola, mis padres aún no habían llegado de trabajar, hice el amago de quedarme en mi cama pero decidí bajar, tenía que ver que había sido eso. En cada escalón que bajaba podía notar mi cuerpo temblando, a medida que iba bajando veía una fuerte luz
procedente de la cocina, pude llegar a ver una sombra delante de la mesa. Era un hombre alto y bastante grueso, iba vestido de negro. Me moría de miedo, crujió el último escalón sobre el que estaba de pie petrificada.

Se dio la vuelta, nuestros ojos se encontraron, tenía una mirada escalofriante, pero antes de que pudiera preguntarle se fue corriendo. No me entraba en la cabeza lo que acababa de suceder, así que me aseguré de que estuviera todo cerrado con llaves, ansiaba más que nada en el mundo que llegaran mis padres.

Me levanté temprano con la sensación de haber tenido un mal sueño, bajé a desayunar y al entrar en la cocina mi mirada se detuvo en una carta que había encima de la mesa con mi nombre: Eleanor. En un principio me daba miedo abrirla pero la curiosidad me mataba por dentro así que decidí abrirla. Podía ver claramente las amenazas que estaban escritas en la carta “si no me devolvéis lo que me corresponde, pagareis todos”. Mientras la leía podía escuchar por detrás los pasos de mi madre, se disponía a desayunar y hablar de los planes para hoy. Habíamos decidido pasar el día juntas en el centro comercial y de paso comprar las cosas para Halloween. El centro comercial estaba decorado de Halloween, tenía un ambiente que daba bastante miedo , desde luego este año sí que se lo habían
preparado bien.

Entramos y estuvimos mirando escaparates de tiendas que a mi madre y a mí nos gustaban. Nos dirigíamos a la tienda de accesorios cuando lo ví, ahí estaba el chico de mis sueños , mirando disfraces , me pregunté si vendría a mi fiesta o si tenía algún plan mejor.

Iban pasando los días y sentía que alguien me seguía, de camino a casa , iba pensando en aquella carta, la que dejó aquel hombre en mi cocina, no os voy a mentir realmente estaba asustada pero no sabía cómo manejar esa situación, era tarde así que decidí darme prisa por llegar a casa. Al Llegar me tiré al sofá y me puse a leer para despejarme, había empezado un libro nuevo que me regaló mi
abuela por mi cumpleaños. Era un libro con un título inusual , no sería uno de esos que me llamase la atención a primera vista pero como me lo regaló mi abuela le di una oportunidad.

Ya era el gran día, estaba nerviosa ,un poco angustiada , no tenía ni idea de cómo iba a salir esto, decidí que ese día mis amigas se preparasen en mi casa así estábamos juntas desde el principio y nos ayudamos las unas a las otras, mientras que Mar recibía a los invitados yo me aseguraba que todo estuviera en orden, todo marchaba bien, bueno no tanto porque Brandon no se había presentado, pero me distraje y me puse a bailar , dieron las doce de la noche cuando abrieron la puerta y ahí estaba él vestido de Drácula, estaba bastante guapo , ese disfraz le quedaba bastante bien , se acerco hacia mi y me dio un beso en la mejilla , mientras me decía que había cumplido con su palabra , supuse que eso fue lo que me dijo en la tienda, que vendría a medianoche, realmente no lo creía , estaba con él , estaba bailando con él, podía verlo de cerca , podía ver sus poros , sus ojos azules , su sonrisa , pero de repente hubo un apagón , no entendía que pasaba , así que salí
afuera para ver qué sucedía, mientras intentaba ver en la caja de electricidad, alguien me cogió por detrás, me tapo la boca, e hizo el intento de taparme los ojos pero yo pataleaba para que me soltase, en ese momento me metió en el auto negro que siempre estaba parado en la acera del frente , realmente estaba asustada no podía parar de pensar en todas las escenas que podían llegar a ocurrir , intente calmarme pero era imposible , cada vez que se me venían a la cabeza algunas
imágenes desoladoras mientras se me caía una lagrima , el auto se paro y pude escuchar que discutían , yo intente buscar algo para soltar mis muñecas de esa gruesa cuerda , me hacia daño, uno de ellos abrió el maletero , me tapo los ojos y me cargo a su hombro, no se a donde íbamos, ni que querían , pero yo rezaba porque alguien me echase de menos y me buscase. Uno de ellos me quito el pañuelo de la cabeza , y me empezó a acariciar la cara mientras me miraba riéndose , explicándome lo que pasaría si yo hacia algo que no estaba en sus planes, me dijo que me quitaría el trapo de la boca , si no gritaba y yo asentí con la cabeza , el me lo quito cuando empecé a gritar desconsoladamente , y ahí fue cuando sentí un gran dolor en la parte derecha de la cabeza , me había golpeado tan fuerte que perdí la conciencia, al despertar pude ver que estaba atada a una
silla, estaba rodeada de muñecos antiguos, los muebles estaban llenos de polvo, parecía que no había entrado ahí nadie desde hace años, alce la vista cuando vi a uno de los hombres durmiendo delante de mí, en ese momento pensé en ciertas formas para escapar de ahí , pero era imposible eran dos contra uno, intente soltarme de la silla, recordando los trucos que mi padre me había enseñado por si algún día ocurría algo similar, pero que tonta soy , nunca preste atención , siempre estaba pensando en lo mío, me arrepiento de no haberlo escuchado, escuche como una puerta se abría y pude ver como el otro hombre se acercaba, tenía el labio partido, y las manos manchadas de sangre, podía escuchar cada paso más fuerte, la verdad que en esos momento me arrepentí de no haberlo hablado con mi madre, cuando el hombre llegó a estar a menos de un metro delante de mí , pude ver quien era, era el vecino ese del que mi padre siempre hablaba , vivía unas cinco casas
más abajo, su casa resaltaba por sus lindas flores, al parecer ese hombre tenía problemas mentales ya que un día perdió a su mujer y a su hija de camino a una fiesta en un accidente de coche, a partir de ese día no volvió a ser igual, dejo de relacionarse con los demás, entró en depresión, incluso lo ingresaron en un psiquiátrico, al cabo de los años volvió, le recibimos con los brazos abiertos ya que
éramos su única familia,hicimos todo lo posible para que se sintiera bien pero al parecer no sirvió de mucho.

Me quito el trapo de la boca y me dio agua, hice el gesto de preguntarle porque hacia esto, pero me tapo la boca antes de tiempo, las lágrimas caían sobre mi piel, no podía evitarlo, él pudo ver el miedo en mi cara, salió de la sala y regresó con un cinturón de cuero, durante las siguiente hora se dedicó a torturarme con ese cinturón,y gritando que donde estaban sus objetos de valor, no encontraba
explicación alguna a lo que estaba haciendo, el hombre de al lado hizo el ademán de quitarle el cinturón pero él le pegó un puñetazo haciendo así que saliera de la sala, salio detrás de el y lo único que podía escuchar entre mis sollozos eran gritos, y más gritos, sin darme cuenta mis manos estaban sueltas, la cuerda se había roto de haber estado tan estirada, así que aproveché para esconderme y cuando diera el momento salir de ahí corriendo, me escondí cuidadosamente y pude ver como el hombre entraba y observaba que la sala estaba vacía, empezó a tirar todo los objetos de cristal, pude ver como se volvía loco y como gritaba con todas sus fuerzas, inmediatamente el otro hombre entró, estaba tan furioso que empezó a golpearlo, hasta hacerle sangrar, lo dejó inconsciente en el suelo, todo estaba lleno de sangre,salió por la puerta, pensé que era el momento ideal para salir pero no me atreví, el miedo me consumía pero me arme de valor y me asomé a la puerta, pude
ver como no había nadie y salí corriendo pero a mediación note como alguien me agarró del brazo y tiró de mí,caí hacia atrás, haciendo que me diese un golpe en la cabeza, no podía moverme, estaba todo cubierto de sangre,hubiera deseado que esto no acabase así, el hombre me metió en una bolsa de plástico, aun seguía con vida aunque a lo mejor no me quedase mucho pero en esos instante pude ver como toda mi vida pasaba por mi mente, odiándome por hacerle esto a mis padres, por no
haberles dado un final feliz, me tiró al mar y allí me ahogue, pude sentir como mi cuerpo se llenaba de agua, como me asfixiaba la bolsa y allí me quedé, en medio del mar sin nadie que me rescatase.

Desde arriba pude ver como mis padres hacían todo lo posible por encontrarme, por tener esa esperanza de que yo aun siguiera con vida,los policías iban de un lado a otro, no paraban de buscarme,pero lamentablemente no encontraban nada ni siquiera una pista de donde podría estar, los policías decidieron dejar el caso como una fuga, me temo que así debió de estar escrito mi final ,en esa noche de halloween sin poder estar con el niño que tanto quise, dándole la peor noticia a mis
padres y más habiendo sido golpeada y asesinada por el mejor amigo de mi padre, mi vecino.

Carolina Benítez (4º B)

Miércoles, 31 de octubre 1879
Inglaterra, Paradero desconocido

Querido señor lector:

Afirmo con certeza cuando digo que ya se habrá enterado del fallecimiento de mi marido Harry y el suicidio de mi hijo Edward. Doy por hecho lo que estará usted pensando, el acontecimiento también fue inesperado para mí. Y agradezco sus futuras condolencias, pero antes de que me juzgue, permítame contarle mi punto de vista de la historia.

El domingo de la semana pasada, Luke Grey envió una carta la cual nos invitaba a pasar unas breves vacaciones en su castillo en el norte de Inglaterra. Puesto que ningún evento acontecía en Londres de gran importancia, aceptamos sin gran duda. Si tan solo hubiéramos sabido lo que pasaría. En mi equipaje de cuero metí mis mejores galas. Cuán pronto el carruaje estuvo listo, salimos a la otoñal calle, viento hacía volar mi cabello.

El aire olía a castañas, frío y sirope.

Niebla envolvía mis párpados y hojas ámbar bailaban a metros sobre el cielo. El traje de Harry se ajustaba a su espalda robusta, nadie hubiera imaginado como era dentro de las paredes de casa. El comercio nunca había estado mejor y nuestra familia relucía una excelencia que hizo que los ojos de las jóvenes ciudadanas se clavaran en mi hijo, cuyo pelo carbón resaltaba contra su pálida piel; espero que las muchachas degustarán bien sus labios rojos por la sangre que corría por ellos, pues
no más podrán hacerlo. Las órbitas azul piedra de Edward evitaban mi mirada, estaba mordiéndose el carrillo, por lo que algo rondaba su mente. El viaje hasta la casa Grey fue turbulento y cuanto más avanzaban las manecillas del reloj de mi muñeca, más oscuro y brumoso se volvía el paisaje. Tenéis que comportaros, mando Harry cuando por la translúcida cortina ya se podía observar una vereda del camino. Asentí, mas Ed actúo como si no escuchara. La falda de mi vestido marrón hizo el amago de destapar mis piernas desnudas debido a la ráfaga repentina cuando el Señor Gray hizo una reverencia para darnos la bienvenida.

El aire en esta zona olía a limpio, lluvia y chimenea.

La pared exterior del castillo era de ladrillo blanco sucio, con ventanas enrejadas y de un estilo victoriano. Nunca habría imaginado que podría caminar por un lugar como ese. Todo era tranquilo, incluso cuando el sonido de las gotas de lluvia se acompasó con la música procedente del fonógrafo que daba vueltas en el salón. Toda la estancia estaba iluminada por velas de gran tamaño. Llegó a asustarme la confianza que tenía el Señor Grey en que las velas no se caerían y harían arder su precioso hogar. Unas criadas llevaron nuestras maletas a las habitaciones del tercer piso, alejadas del murmullo de la brisa y del hablar de los habitantes. No más tarde, un hombre de mediana edad nos acompaño hasta el comedor, el cielo llevaba ya unas horas teñido de negro y solo la luna daba luz natural. Me acomodé en el sillón mientras observé que las ventanas estaban abiertas. Señor, perdona que me entrometa, pero creo que las velas acabarán apagándose si el viento llega a tocarlas. Luke asintió, pero ni un músculo se movió. Un sentimiento de estupidez inundó mi mente, no debería haber hablado, pensé. Edward atravesó el umbral algo desequilibrado, sus pupilas más dilatadas que de normal. Suspiré, me dió igual que Harry acabará de entrar por la otra puerta, clavandome la mirada como cuchillos. En momentos así, me sentía indefensa, inútil y sola. El mismo hombre de la escalera me relleno una copa de vino y me dejó pan recién horneado encima del plato. Estuve a punto de preguntar por el oficio del Señor Grey. Mi marido y Luke
mantuvieron una conversación estable, se sintió como una competición por cual caballero tenía más conocimiento. Ninguno, concluí; repetían opiniones que la prensa ofrecía, no tenían ideas propias, como les pasa a todos los humanos. La temperatura descendió repentinamente y tal como predije, algunas velas se apagaron. Mire al Señor Grey cuando lo hicieron. Una, dos, tres velas tardó en
devolverme la mirada, gélida y conservadora. Primera vez que temí por mi ser. Subí siguiendo a Harry y Edward por la escalera, pasando los dedos por toda la barandilla, algo en mi interior notaba un cambio en el ambiente.

El aire olía a alcohol, tormenta y madera.

Las velas de la escalera mantenían su mecha danzando. Cuando llegamos a la habitación, mi hijo volvía a tener su cordura estable, sin embargo, no vio la mano de su padre chocar contra su lisa mejilla. Tragué saliva cuando las pestañas de Harry giraron hacia mí. Mi mejilla notó el dolor antes de que se volviera a escuchar su mano estampar, esta vez contra mi rostro. Es culpa tuya, gritó. Es culpa mía, pensé. Una lágrima cayó del párpado de Ed hasta el suelo, contrastando con todas las
lágrimas que el cielo había vuelto a hacer caer. Padre, intentó calmarlo pero se dió la vuelta y fue hasta la cama, se quitó las botas, la mandíbula tensa. Ed me miró, buscando mi aprobación, pero no me sentía en poder de dársela.

Un resplandor, un trueno.

La pequeña lámpara que iluminaba la habitación se apagó, me acerqué para encenderla, evitando que se notara como mis dedos temblaban. Edward respiraba profundo, como intentando relajar su pulso.

Otro resplandor, otro trueno.

La bombilla se había roto al intentar apretarla, cortándome la piel de la palma. Hice una mueca con la cara, mientras intentaba cortar el flujo de sangre. Un arma afilada, un grito apagado por un corte en el cuello.

Los pómulos de Edward manchados de sangre, la luz de las velas hacía parecer que eran pecas. El impacto del cuerpo de mi marido sobre la moqueta, la madera rugió, casi al mismo tiempo en el que la habitación era iluminada por un rayo. Los ojos de Ed encuentran los míos, espero el sonido del trueno pero lo único que escucho es el rápido palpitar de mi corazón. La sangre sigue corriendo por mi mano.

Otro ruido. Otra ráfaga de aire. Más velas apagadas.

Las gotas ya caían dentro de la habitación, estampando contra el cuerpo sin vida de Harry. Su barba parecía más negra, su mandíbula por fin estaba relajada, su cuello estaba bañado de sangre; es lo único que pude ver cuando la luna se dejó ver por detrás de las nubes una última vez.

El aire olía a tierra mojada, hierro y humo.

Mamá, Ed intentó llamar mi atención pero mi cuerpo estaba inmovil, como si fuera yo el cuerpo que descansaba sobre la moqueta fría y mojada. No estás a salvo aquí cielo, una voz habló, era igual que la mía, pero yo no noté que mis cuerdas vocales hubieran hecho algún sonido.

Otro sonido afilante, otra lluvia de sangre, otro grito muerto.

Esta vez, el grito fue mio. Reprimí una arcada cuando note el líquido caliente ensuciando mi fez. Las manos de Ed estaban agarrando su propio cuello, intentando evitar desangrarse, arrepentido, o eso quiero creer. Intentó hablar una última vez, pero sus labios solo consiguieron dar un último suspiro. Su blanca piel cubierta de rojo, sus ojos cerrados que no volverán a ver, su cabello negro que no volverá a crecer, sus dedos quietos en los que solo el anillo de la muerte podrá ser acogido. La manga de mi vestido tenía un patrón de manchas. Sentí que no podía respirar, que no podía correr, pero cuando me dí cuenta, mis pies ya habían salido a buscar luz. La escalera se me hizo borrosa por culpa de las lágrimas aglomeradas en mis ojos, no tengo recuerdo de cómo mantuve el equilibrio, pues mi cabeza no paraba de dar vueltas. Los cuadros del pasillo me miraban con desprecio, sus colores ahora eran más apagados. El Señor Grey debió de escuchar los gritos, puesto que cuando bajé al segundo piso, pude escuchar una puerta chirriar a través de mi pulso que gritaba al oído, no estoy segura de sí se percató de mi expresión tensa, tampoco de si acaso llego a ver el rastro de perfume que dejaba a mi paso. Los pasillos de esa casa se convirtieron en laberintos, hubiera jurado que estuve dando vueltas por habitaciones hasta que encontré la escalera que daba a la planta baja. El fonógrafo seguía reproduciendo notas musicales, mis pisadas al mismo ritmo que la canción.

Las ráfagas de aire intentaban derribar mi cuerpo.

Un resplandor, un trueno.

Abrí la puerta, haciendo caso omiso al rugido de las nubes. Agarré la tela de mi falda. Por el bosque, pensé. Trastabillé con las raíces de los alerces, cuanto más corría, más altos se hacían los árboles y más pequeña se hacía la luz que desprendían las velas visibles por las ventanas. Las hojas crujían bajo mis pies hábiles en los tacones bajos que calzaba esa noche, mi vista se amoldaba a la
oscuridad que inundaba al bosque. La sangre que resbalaba por mis brazos y mejillas pronunciaba aún más el frío.

El aire olía a oscuridad, escarcha y setas.

Aceleré el ritmo, las imágenes se repetían en mi mente una y otra vez. Quería gritar, se lo aseguro querido lector, pero no debía hacerlo, no podía dejar rastro. Seguro que usted también se habrá encontrado en algún momento así. Cuando quieres irte, cuando deseas desaparecer, huir.

La única diferencia, es que yo huí de un crimen.

De mi crimen.

Firmado:
La dama roja.

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